🇯🇵 Viajar a Japón: una experiencia entre tradición, contraste y belleza

Japón no es un destino que simplemente se visita. Es un país que se descubre en capas, donde la estética, el orden y la tradición conviven con una modernidad llena de contrastes. Algunas escenas eran tal como las había imaginado; otras rompieron por completo mis expectativas. Sigue leyendo y entenderás a qué me refiero.

Fuimos buscando templos, ciudades iluminadas y ese cuidado por los detalles que tanto nos llamaba la atención. Volvimos con todo eso, pero también con recuerdos que no estaban en el itinerario: una cena en una habitación que después se convertiría en dormitorio, un taxista que nos ayudó bajo la lluvia y un Monte Fuji que apareció cuando casi habíamos dejado de buscarlo.

Durante 12 días recorrimos Tokio, Kawaguchiko, Kioto y Osaka, junto a nuestra hija Sofía, de 9 años.

Combinamos gastronomía, compras, paseos y momentos de desconexión, además de una visita a Universal Studios Japan que disfruté muchísimo.

Hubo experiencias que repetiríamos sin pensarlo y decisiones que hoy tomaríamos de otra manera.

Aquí te cuento nuestra ruta y los ajustes que haría después de haberla vivido.

Si estás pensando en viajar a Japón, nuestra experiencia puede ayudarte a darle forma al tuyo.

Nuestra ruta por Japón: 12 días

Repartimos el viaje así:

  • Tokio: 3 noches, con Shinjuku como base.
  • Kawaguchiko: 1 noche, buscando las vistas del Monte Fuji y una experiencia en un alojamiento tradicional.
  • Kioto: 3 noches, entre templos, paseos y compras.
  • Osaka: 2 noches, incluyendo Universal Studios Japan.
  • Tokio: 2 noches más, para descubrir otra cara de la ciudad antes de regresar a Madrid.

Esta distribución nos permitió combinar grandes ciudades, tradición y diversión. Aun así, después de vivirla, haría algunos ajustes que te cuento más adelante.

Tokio: muchas ciudades dentro de una

Llegamos a Tokio tras unas 14 horas de vuelo directo desde Madrid y nos alojamos en un hotel espectacular en Shinjuku, en la zona de Kabukicho.

Desde el primer momento nos sorprendieron la delicadeza y la atención con las que nos recibieron. Durante el check-in, mientras estábamos sentados, las personas que nos atendían se arrodillaban a nuestro lado para tomarnos los datos. Me impresionó tanto que hasta me daba un poquito de vergüenza verlas así, tan pendientes de nosotros. Nunca había vivido una bienvenida como aquella.

Aquel día, Japón llevaba ocho horas de adelanto respecto a Madrid y, después de haber recorrido varias decenas de países, viví mi primer jet lag. Tenía muchísimas ganas de descubrir la ciudad, pero el cuerpo me pedía descanso.

Antes de caer rendida, hubo tiempo para disfrutar de un delicioso baño y sorprenderme con el inodoro de la habitación: asiento calentito y múltiples chorritos. Era la segunda vez que probaba uno así; curiosamente, la primera había sido en un hotel de Praga.

Después sí: me puse en modo «off». Dormí aproximadamente desde las dos hasta las siete de la tarde. Habíamos puesto una alarma por si acabábamos durmiendo de un tirón hasta el día siguiente… que ya nos conocemos.

Cenamos en el propio hotel, cuyos restaurantes tenían buenísimas valoraciones, y nos animamos a explorar los alrededores.

A las diez y diez de la noche salimos a la calle. Y el contraste fue enorme.

Pasamos de la calma y el cuidado del hotel al bullicio de Kabukicho: neones, bares y un movimiento que, por momentos, llegó a intimidarme.

Nos llamaron la atención grupos de chicos y chicas que parecían promocionar distintos locales de compañía. Llevaban una estética tan similar que por momentos parecían clones: la ropa, los peinados, las lentillas… todo seguía un mismo estilo.

También vimos basura y latas de cerveza vacías, personas ebrias, gente sentada en el suelo y artistas callejeros. Algunas escenas parecían propias del final de una noche larga, aunque para nosotros la noche apenas empezaba.

Durante el paseo encontramos tiendas como 7-Eleven y seguimos caminando hasta llegar a Don Quijote, una de esas tiendas en las que entras por curiosidad y no sabes por dónde empezar a mirar: cosmética, comida, ropa, maletas y un sinfín de productos.

Aquella noche supuso un choque con la imagen de orden y discreción que yo llevaba de Japón. Pero también me hizo pensar en lo fácil que es definir una ciudad por las pocas calles que hemos recorrido.

Estábamos conociendo un fragmento de Tokio, en un barrio concreto y a una hora concreta. Durante los días siguientes descubriríamos ambientes completamente distintos.

Viajar también te devuelve esa humildad: mirar con curiosidad, revisar tus expectativas y recordar que siempre queda mucho más por conocer.

Al regresar al hotel, agradecimos todavía más aquel refugio de calma en medio de una ciudad que apenas empezábamos a descubrir.

Templos, calles kawaii y el cruce de Shibuya

Durante esta primera estancia visitamos el templo Zojoji y descubrimos la serenidad del santuario Meiji. En este último, rodeados de árboles, parecía increíble que siguiéramos dentro de aquella gran ciudad.

Desde Meiji caminamos hacia Takeshita Street, en Harajuku, y el ambiente volvió a transformarse: colores, tiendas y una estética kawaii que fascinó a nuestra hija.

Muy cerca, Omotesando nos mostró otra faceta, con arquitectura contemporánea, escaparates cuidados y una atmósfera más elegante, allí cenamos.. aquí hay calles de tiendas costosas, verfad?? es una

Terminamos aquella jornada en Shibuya, atravesando ese cruce que habíamos visto tantas veces en imágenes. Estar allí, entre tanta gente avanzando a la vez, fue uno de esos momentos de «ya estamos en Japón». Y decidimos volver al hotel en taxi. Y ahí descubrimos una curiosidad que al principio puede despistar: el indicador rojo suele significar que el taxi está libre y el verde que está ocupado. Justo al revés de lo que yo habría imaginado. Un pequeño detalle que viene bien conocer cuando buscas uno para regresar a descansar.

Nuestro regreso a Tokio: Odaiba, Ginza y vistas a la Tokyo Tower

Para las últimas dos noches quisimos cambiar de ambiente. Paseamos por Ginza, exploramos Odaiba y disfrutamos de las vistas de la Tokyo Tower desde nuestro hotel.

Nos habría gustado acercarnos también al pie de la torre, pero la lluvia nos hizo cambiar de planes y ese paseo quedó pendiente.

Odaiba nos sorprendió por sus espacios abiertos, las vistas de la bahía, su Estatua de la Libertad y su aire futurista. Allí también se encuentra el enorme Unicorn Gundam, una de esas imágenes que impresionan incluso aunque no conozcas su universo.

La lluvia condicionó nuestra visita, pero también nos regaló uno de los recuerdos más bonitos del viaje.

Nos acercamos a un taxi para hacer un trayecto corto. El conductor nos ofreció una toalla para secarnos y, al entender adónde queríamos ir, nos indicó una pasarela cubierta por la que podíamos llegar caminando sin mojarnos.

Podía habernos llevado. Prefirió ayudarnos.

Porque, al final, al menos para mí, los viajes son mucho más que lugares: también son las personas que los hacen especiales.

Kawaguchiko: el Fuji que no vimos… hasta que apareció

Llegamos a Kawaguchiko sabiendo que ver el Monte Fuji dependería del tiempo. Por eso elegimos un alojamiento que nos apetecía disfrutar aunque las vistas no acompañaran: un ryokan, un alojamiento tradicional japonés.

Fue nuestra única noche de este estilo durante el viaje y una experiencia muy especial para los tres.

Cenamos en la habitación y, al terminar, prepararon ese mismo espacio para dormir sobre futones. Nos encantó vivir aquella transformación y comprobar cómo una estancia podía cumplir funciones tan distintas.

Además, disfruté muchísimo del onsen, un momento de desconexión que agradecí en medio de un viaje con tantos estímulos.

Fuera, la lluvia y la niebla cubrían el paisaje.

Durante nuestra estancia en Kawaguchiko no vimos el Fuji.

Pero al día siguiente, después de llegar a Mishima y tomar el tren bala hacia Kioto, apareció durante unos instantes por la ventanilla.

Después de tanto buscarlo, allí estaba.

Cambiaría esta parada?

Lo que replantearía sería dedicarle una sola noche. Disfruté muchísimo del onsen y de la experiencia del ryokan, pero llegar, instalarse y volver a salir al día siguiente también tiene su desgaste.

Con el mismo número de noches, probablemente valoraría hacer una excursión de día completo desde Tokio y dedicar ese tiempo a Kioto u Osaka. Eso sí, sería una experiencia distinta: echaría de menos la calma del alojamiento tradicional y ese momento de desconexión en el onsen.

La otra opción sería quedarme dos noches en Kawaguchiko, para disfrutar de la zona sin tanta prisa y tener más margen si el tiempo no acompaña, aunque eso tampoco garantice ver el Fuji.

No me arrepiento de haber ido; lo que cambiaría es el tiempo que le dedicaría.

Kioto: la ciudad a la que podría volver muchas veces

Kioto fue uno de los lugares que más disfruté.

Nos alojamos en un hotel céntrico y agradable, desde el que pudimos salir a caminar y descubrir la ciudad poco a poco. Paseamos por Gion, visitamos templos y encontramos tiendas en las que apetecía entrar sin mirar el reloj.

Las tiendas que también se convierten en recuerdos

En una de las calles cercanas a nuestro hotel descubrimos tiendas de ropa de segunda mano con prendas preciosas. Había unas cazadoras que me habría encantado traerme.

Mirándolas, pensé que tendría que haber dejado más espacio en la maleta. A veces encuentras una prenda especial, de esas que difícilmente volverás a ver, y te imaginas usándola durante años y recordando dónde la compraste.

Ah, pero me traje una parte auténtica de arriba de un Kimono, que es muy mono y ponible en entretiempo, ya me lo he puesto varias veces y siempre da tema de conversación.

También compramos una mochila con un diseño increíble y un precio muy accesible.

Me gustan esos recuerdos que se incorporan a tu vida cotidiana: una prenda, un accesorio o una joya que, cada vez que te los pones, te devuelven un poquito al viaje.

Entre nuestras visitas estuvieron:

  • El bosque de bambú de Arashiyama.
  • Los caminos de Fushimi Inari Taisha, con sus torii.
  • Kiyomizu-dera, sus vistas y las calles que lo rodean.

Pero algunos de mis mejores recuerdos son más sencillos: una cena rica al terminar el día, una calle que nos invitaba a seguir paseando o una tienda que no teníamos apuntada.

Un anillo de rubí y una conversación inesperada

En Kioto nos llamó la atención un anillo de rubí. Nos pareció precioso, el precio nos encajó y decidimos volver a comprarlo como recuerdo del viaje.

A mí me gusta llevarme cosas que perduren y que pueda seguir usando. Y aquel anillo terminó teniendo un significado especial por las personas que conocimos al comprarlo.

Primero nos atendió el hijo, que estaba al frente de la tienda, y después se acercó su padre. Nos contó parte de su historia y su relación con Myanmar. Él, por su parte, tenía mucha curiosidad por España y Venezuela.

Fue bonito conversar con ambos y conocer un poquito de la vida que había detrás de aquella joyería.

Ahora, al mirar el anillo, también recuerdo ese encuentro. Y eso hace que me guste todavía más.

Una comida entre gente del lugar

Otro recuerdo fue un restaurante especializado en cangrejo. Mi familia disfrutó muchísimo de los platos; yo, que soy alérgica, me quedé con un postrecito.

Los pedidos se hacían desde una pantalla, pero lo que más me llamó la atención fue el trato de quienes nos atendían: su forma de caminar, de vestir, de acercarse a la mesa y de presentar los platos.

No llevaban el atuendo característico de las geishas, pero había algo en sus gestos que me hizo imaginar que alguna pudiera ser geisha o maiko. Nunca lo supimos; fue una impresión mía que recuerdo con cariño.

Nos dio la sensación de estar en un lugar cotidiano, compartiendo una comida con gente que simplemente había ido a disfrutar de su restaurante. Nos encantó ese ratito.

En nuestros paseos por Kioto también vimos indicaciones que prohibían fotografiar a geishas y maikos en determinadas zonas. Las respetamos: detrás de esa imagen que tanto nos fascina hay personas, formación y un trabajo.

Kioto nos conquistó por sus templos, pero también por sus comercios y esos encuentros. Le habría dado más tiempo, tanto para las visitas como para dejar espacio a lo inesperado.

Y si te interesa conocer la tradición de las geishas y maikos, en Viajamor podemos ayudarte a organizar una experiencia cultural respetuosa con su trabajo y su privacidad.

Osaka: compras, luces y diversión en familia

Después de Kioto, Osaka nos recibió con otro ritmo.

Nuestra primera noche elegimos algo sencillo: cenar cerca del hotel en Bubba Gump Shrimp Co., con comida informal, música en directo y unas margaritas que disfrutamos muchísimo.

Después de tantos días de viaje, agradecimos tener la cena y el descanso a pocos pasos. Porque en un viaje en familia también hacen falta esos ratos: sentarse, comer a gusto y no tener que organizar nada más.

En Shinsaibashi disfrutamos de las tiendas y de una moda que nos pareció atrevida y creativa. De esas que te dan ideas para combinar de otra manera lo que ya tienes en el armario.

Seguimos hacia Dotonbori, entre letreros luminosos, restaurantes y la famosa imagen del corredor de Glico. También hicimos una pausa para tomar café y postre en un local kawaii que nos encantó.

Osaka nos invitó a pasear, probar cosas y dejarnos llevar un poco más.

Universal Studios Japan: uno de los grandes momentos del viaje

La visita a Universal Studios Japan fue uno de los momentos más especiales para nuestra hija y para nosotros.

Hubo dos decisiones que agradecimos mucho: alojarnos a pocos pasos —literalmente— del parque y contar con pases exprés para determinadas atracciones.

Nos ayudaron a aprovechar mejor el tiempo y a disfrutar con menos desgaste. Si volviera a organizar este viaje, valoraría dedicarle una segunda jornada para vivirlo con más calma.

La lluvia también formó parte del viaje

Nos acompañó en Kawaguchiko y durante parte de nuestro regreso a Tokio. Hubo paisajes que no pudimos ver como esperábamos y paseos que se quedaron pendientes.

Claro que nos habría gustado tener mejor tiempo. Pero adaptar las jornadas nos permitió seguir disfrutando sin empeñarnos en cumplir cada plan.

Mi aprendizaje fue dejar margen para cambiar el itinerario, especialmente viajando con una niña. Tener claros los imprescindibles ayuda; llenar cada hora, bastante menos.

Detalles culturales que conviene tener presentes

Estos son algunos de los hábitos que procuramos cuidar durante el viaje:

✔ Hablar en voz baja, especialmente en el transporte público.
✔ Respetar las colas y observar las indicaciones de cada lugar.
✔ Cuidar los espacios compartidos.
✔ Evitar comer mientras caminábamos, fijándonos en las costumbres del entorno.
✔ Respetar la privacidad de las personas y las restricciones sobre fotografías.

No necesitas llegar sabiéndolo todo. Observar y actuar con consideración ayuda muchísimo.

Nos pareció caro viajar a Japón?

Pensábamos que gastaríamos mucho más en algunas cosas.

Durante nuestro viaje encontramos opciones para comer que nos parecieron muy razonables comparadas con lo que solemos pagar en España. Eso nos sorprendió para bien.

Pero el presupuesto completo incluye mucho más: vuelos, hoteles, trayectos entre ciudades, entradas y experiencias.

Para nosotros, la clave estuvo en elegir dónde compensaba invertir más. Un hotel cómodo, una buena ubicación o determinadas facilidades en el parque tuvieron mucho valor viajando en familia.

Qué cambiaría de nuestro itinerario

Aunque disfrutamos muchísimo, hoy haría algunos ajustes:

  • Replantearía la parada en Kawaguchiko: una excursión desde Tokio si quisiéramos priorizar otras ciudades, o dos noches para disfrutar con más calma del ryokan, el onsen y la zona.
  • Daría más margen a Kioto, para pasear y visitar sin prisas.
  • Valoraría una segunda jornada en Universal Studios Japan, según las prioridades de la familia.
  • Mantendría las dos etapas en Tokio, porque nos gustó descubrir ambientes distintos al principio y al final.
  • Dejaría más ratos sin planes, para descansar o improvisar.

Todo eso exigiría elegir: con las mismas 12 noches, ampliar una parada supone recortar otra. La mejor ruta depende de lo que te haga ilusión y del ritmo con el que disfrutes viajando.

Lo que me llevo de Japón

Me llevo la paciencia y la atención de tantas personas que encontramos por el camino, la energía de sus ciudades y la emoción de ver a nuestra hija descubrir un lugar tan diferente.

También esa cena sobre el tatami, la calma del onsen, el Fuji apareciendo por la ventanilla y el anillo de rubí que compramos en Kioto.

Pero hay una escena de nuestra última estancia en Tokio que recuerdo con especial cariño.

Una noche llegamos bastante tarde a cenar a un restaurante local. Durante toda la cena hubo un trato muy respetuoso, acompañado de pequeñas reverencias que yo correspondía. Incluso al levantarme para ir al baño, volvíamos a intercambiar ese gesto, inclinando ligeramente la cabeza.

Al salir, cuando ya estábamos en el paso de cebra, le dije a mi familia: «Creo que el camarero está en la puerta».

Me volví y allí estaba. Y no solo el camarero: también el cocinero y otra persona del equipo. Los tres habían salido a despedirnos con una reverencia.

Me pareció precioso. No hablábamos el mismo idioma ni nos habíamos hecho amigos, pero durante aquella cena se había creado una conexión a través del respeto, la atención y los pequeños gestos.

Como aquella toalla que nos ofreció el taxista bajo la lluvia, son esos detalles los que vuelven a mi memoria cuando pienso en Japón.

Fuimos a conocer un país y volvimos también con el recuerdo de las personas que lo hicieron especial.

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Y tú, qué tendrías más ganas de conocer: Tokio, Kioto, el Monte Fuji o Universal Studios Japan? Te leo en los comentarios. ❤️

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