Siempre cumplo mis amenazas, es así, es un rasgo fundamental de mi carácter que casi todo el mundo odia pero del que no pienso desprenderme ni por nada. Así que, tal y como avisé, este verano he vuelto a Marbella.

Andaba yo entre mojitos, colarme en algún barco amigo a pasar el día y mucha playa, cuando me llamó mi amiga Silvia para invitarme Starlite. Nada más y nada menos que al concierto de Enrique Iglesias. Y diréis, pues vaya cosa…ahora ésta nos va a contar que se ha ido de festival. Pues sí, pero no creáis que con una entrada cualquiera, no señor. La que después de este despliegue, va a ser mi “más mejor amiga” para siempre, me ha llevado a un palco. Y no veas tú como es aquello, oye.

Nada más llegar te mandan al parking VIP donde, bajo una carpa moníiisima, unas azafatas encantadoras te suben a un coche con chófer que te lleva hasta la cantera donde se celebra el evento en cuestión. En la entrada, tras pasar por los flashes de la prensa que espera ansiosa a las celebrities en el photocall, descubrí un espacio maravilloso lleno de tiendas, puestecitos de comida, chucherías, y hasta una galería de arte.

Después de darnos un paseo por allí, Silvia me llevó a la zona reservada a la very important people (me encantó eso de ser tan importante, la verdad es que hasta ahora sólo se lo había parecido a mi madre y a ratos). Allí nos pusieron una mesa con una botella de vino y un plato de jamón que me hizo saltar las lágrimas de lo bueno que estaba.

Tras de un rato de música, buena comida y venga de cotillear sobre todos los famosos que teníamos alrededor fuimos al palco. Entonces comenzó el concierto más maravilloso de mi vida. ¿Por el artista? No señor, nada de eso. A mí Enrique Iglesias me gusta, pero entre el champagne, los famosos, las bandejas de comida y todo el despliegue allí montado, lo pasé tan en grande que desde ese instante y para siempre, Enrique se convirtió en mi artista preferido.

Después de una actuación inolvidable, en todos los sentidos, volvimos a la mesa donde habíamos empezado la noche. Allí, la romántica y glamourosa cantera que había encontrado a mi llegada, se transformó ante mis ojos, en una enorme discoteca al aire libre con famosos Djs, drag queens y un montón de gente bailando como locos.

Ya no recuerdo ni a qué hora terminó la noche, solo sé que el chófer que nos había subido nos volvió a bajar al parking, y allí, al subirme a mi coche volví a convertirme en calabaza.

Pero ¿sabéis qué? Que estos lujos en dosis pequeñas saben mejor y que al día siguiente, disfrutando de mi cerveza en el chiringuito de la playa,  aquello ya sólo parecía un sueño, el sueño de una noche de verano.

Mer

 

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